Pharmacos, Gigantes, Corpus Christi y robots.
El fenómeno central de los acontecimientos que inician éste para nosotros siglo XXI es el paradigma del límite, de la sostenibilidad. Anclado en un proyecto de conformar una nueva era mitológica, como en otras escenas de la historia, el mito lleva a la necesidad de construir nuevas cartas constitucionales. Las viejas fórmulas para Occidente están agotadas, su ambición desbordada y las consecuencias aún son imprevisibles. El barco de Occidente a la deriva como en la fábula de José Luis Sampedro nos alerta también en no caer en la ceguera de la fábula de Saramago.
Los líderes modernos como los clásicos han caído en la tentación de creer que los sitiales del poder se forman cuando ellos los habitan. Ocupamos espacios, cuerpos institucionales inscritos en nuestra memoria biológica, es la estructura de los sistemas la que nos hace ser sociales. No somos sociales por que lo decidamos nosotros, somos sociales por que estamos vivos. El Corpus Christi, el Cuerpo de Cristo, el ungido sería suficiente para ejemplificar la metáfora de los gigantes y la herencia que nos dejan. El amor a la humanidad como herencia ancestral y evolutiva de los Gigantes que deben ser protejidos a toda costa. La forma de proteger las estirpes de la epopeya humana como centro sagrado situado en el misterio de lo que siempre estuvo allí como fuego que había que transmitir. Como báculo que hay que heredar. Apocalipsis y renovación van siempre juntos. La humanidad ha necesitado a menudo de un Pharmakos en su acepción original y en la moderna. Una forma de darnos consuelo y calmar el dolor. Aquel que expíe nuestros pecados y nos lleve a la era de la felicidad. Los nuevos Gigantes serían como los robots, perfectos, nacidos de la artificialidad inducida desde la naturaleza para regularla y crear una nueva naturaleza, siempre sanos, sin enfermedades, sin sufrimientos y tal vez eternos como los ángeles.
