Hace 150 años la revolución industrial del liberalismo romántico y el racionalista se enfrentaron en sus intereses triunfando el racionalista ilustrado. Mientras que el liberalismo romántico pretendía influir en el gusto del consumidor alegando que el error en el proceso de fabricación era signo de manufactura y belleza, el liberalismo racionalista apostaba por la perfección de los procesos de máquina-industria que conseguían abaratar costes y obtener muchos más beneficios incluso jactándose de imitar lo artesano. Ambos pretendían generar una red económica que permitiera acrecentar y regular el consumo exquisito de la burguesía y gozar de las bondades del trabajo. Héroes como John Ruskin poco podían hacer por salvar a los gremios del asalto de los torneadores metálicos y las fresadoras, gigantes de la nueva era que aliados con el vapor y la electricidad, criaturas también del racionalismo asaltaron el cielo del carpintero de Nazareth. La industria tipográfica (el demonio de Gutemberg era orfebre) probablemente esté en la base de la rebelión como instigadora de la ortogonalidad (ángulos rectos en el cuerpo tipográfico no en la letra) y por lo tanto candidata a ser madre del desarrollo y evolución de las máquinas, empezando por el Super Telar el más ortogonal de las criaturas. Fueron esos los tiempos de las alianzas de la fundición del acero con la lógica cartesiana, del nuevo Hefestos con el nuevo Apolo, éste último ya dios indiscutible de las banderas de la razón ilustrada; no deja de ser curiosa la evolución de Apolo, pasar de ser un ratón (Apolo Esminteo) a ser la estrella que iluminó a Occidente. ¿Mickey Mouse?
Pero, Richard Senner nos recupera una idea que tal vez no deberíamos perder de vista, a saber, que las formas pueden perderse en el limbo del tiempo pero los procesos prevalecen como estructuras fundamentales que renacen en los comportamientos tácitos de las rutinas, de las ruedas biológicas que reinan la vida y el cosmos. Del límite y del esfuerzo por lo bien hecho. Por el hacer como forma de vida. La prevalencia del homo faber como base incluso de lo lúdico, sin perder de vista la realidad de los tiempos claro.
Lo que se perdió para siempre es la estructura de gremios ( y los gremios mismos) que aseguraban la formación profesional de los jóvenes aprendices. Sus familias pagaban por su formación al maestro hasta que estos adquirían el oficio (oficiales). En nuestros tiempos la oficialidad se adquiere por vicaría creando oficiales sin experiencia laboral en las escuelas y en un tiempo record.
Luego y por otro lado están los artistas (siempre están ahí como moscardones); estos son como los limpiadores coprófobos (base de la cadena ecológica) que son capaces de devorar las sustancias blandas y dejar los esqueletos al descubierto, mondos, brillantes y blancos al sol, aprovechando lo que ya nadie quiere como materia prima de creación (lo que no es una mala definición de artista). Trabajar con las manos ya no es una razón de supervivencia sino una razón de conocimiento aunque pueda que sea lo mismo. Así que ante todo sería necesario volver la mirada al artista artesano entre otras cosas por que es un placer; pero eso requiere ¡hay! esfuerzo y voluntad de enfrentarse al juego de las ambigüedades, del perderse entre los laberintos sin más ayuda que nuestro propio instinto, de adquirir la habilidad de repetir y repetir la misma secuencia hasta alcanzar un resultado satisfactorio y eso solo por amor al método. Con lo sencillo que es crear un universo con el ordenador y los ploters .
El problema pués, tal vez, no sea trabajar con el ordenador, sino no perder los misterios de los dáctilos, los secretos de los ojos de las manos, como ejercicio de coordinación y aprehensión, como forma de agarrar las ideas, como alimento fundamental para poder decir que ésto lo he descubierto yo, no importa si otros ya pisaron esas islas, las islas del descubrimiento por la práxis siempre serán nuevas e inmaculadas para el nuevo viajero.
¡Y tan ávidos que estamos de novedades!
Acebuch. Marzo 2010
