| APRENDER A VIVIR DESDE LA NOOSFERA. UNA FUNCIÓN PARA EL ARTE. | |||||||
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Para a prender a vivir no solo hace falta adquirir conocimientos, si no también transformar, en la propia existencia mental, el conocimiento adquirido en sabiduria e incorporar esta sabiduria a la vida. Edgar Morin . Tener clara la cabeza. |
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Justo ahí, en la propia existencia mental, se encuentra la dimensión del homo sapiens, en la construcción del imaginario. Ahí quedamos solos con nuestro kid de supervivencia, lo básico con lo que nacemos, es decir tener capacidad de acción, de estrategia y de apuesta. Desde ahí aparece una dimensión mental bautizada como Noosfera (Vladimir Ivanovich Vernadsky, Pierre Teilhard de Chardin ) y es la tercera gran dimensión en la epopeya evolutiva del universo junto a la geosfera y la biosfera. Es uno de los espacios naturales del ser humano y ha estado representado desde siempre por lo que ahora llamamos cultura. Es decir sistemas económicos, sistemas de ocio y sistemas de regulación y control de masas; mostramos estos tres sistemas solo como una forma de agrupar la complejidad de las civilizaciones, al mostrar estos sistemas solo pretendemos mostrar el cuerpo del gigante llamado civilización. La especie, no lo olvidemos es un ser. Por tradición estamos acostumbrados a ver al ser como un ente individual, aunque en realidad somos parte de un ser superior, mucho más poderoso que nosotros con su propia historia y sus propios planes. Evidentemente hay otras formas de organizar los organos sociales, pero puede que con esto vaste para ver ciertas asociaciones con las que hacer relaciones con las poéticas y el arte. Que es lo que nos interesa. La mente (no la nuestra, si no la super mente) le da forma a todo eso bajo el aspecto de una cultura planificada que se planifica a ella misma en función de la ley suprema de la supervivencia, un designio superior del que aún desconocemos muchas cosas, pero de las que vivenciamos todas. Si el arte se interpretase como un construir imaginario útil, y eso es posible, tendríamos ante nosotros dos clases de utilización del arte, desde arriba como medio de alimentación del imaginario colectivo, cosa absolutamente necesaria y puesta en práctica sistemáticamente por todas las sociedades, y la otra como método de autoaprendizaje, dimensión esta que está aún por hacerse realidad, como herramienta realmente útil para el individuo como célula de la sociedad. Se trata de lo mismo pero en dos planos distintos, uno es el plano mental de la especie desde la cultura y el otro el del individuo desde su lucha por su supervivencia. Ambos luchan por la supervivencia. A este ejercicio se llama construcción de la realidad. La tendencia que va de arriba abajo, elije entre los mejores, es competitiva y selectiva. La que va de abajo arriba, hace lo posible para autoconstruirse y tiene vocación de solidaridad, para eso utilizamos lo que tenemos a nuestro alcance dentro de los referentes que vienen de los estímulos de fuera y por fuera se entiende el plano de la mente. Una cosa se alimenta de la otra. Ese es nuestro universo. Pero aparte de colaborar en nuestra construccion de la realidad, todo esto nos ayuda a situarnos a nosotros mismos en nuestra propia realidad, tener suficientes motivos para la certidumbre y rehuhir la incertidumbre, la entropía y mantener un orden tanto como se pueda. Aquí tenemos otra buena excusa para proponer una funcionalidad al arte para una nueva cosmogonia que redefina la nueva realidad del mundo, que exige ser construida bajo el principio de sostenibilidad. O si no nos venimos todos abajo. En algún momento tendremos que empezar a componer, o re-componer. Ambos niveles deberían encontrarse y ajustarse en algún lugar común para bien de todos. Como ya se ha insinuado en otras propuestas, se puede considerar que el arte actual no es el fruto de una síntesis, si no todo lo contrario el resultado de una descomposición que se inició en el siglo XVIII con la escisión del modelo renacentista en las tendencias clasicistas y romanticas. La primera gran fractura del liberalismo. El resto ya lo conocemos. En conclusión el arte debe ser una experiencia vital, que sirva para la vida, para autoconstruirnos y eso es algo que se ha de buscar, ni se da ni se enseña. El arte de la sostenibilidad busca límites que permitan la posibilidad del otro y debería regular la ambición de la especie. Nos preguntamos si la especie, evolutivamente hablando, es un ser anterior o posterior al individuo. Creemos que la obligación del artísta es la de poner freno a la codicia de la civilización, ponerle límites. Esa puede ser una función para el arte. Realimentar a la supermente, conducirla hacia su propio equilibrio y lucidez, darle camino para seguir y hacer posible otra realidad. ¿Se puede hacer eso pintando cuadros?
Acebuch. 2009 |
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