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Francesc Tagarí, está y no está, vive y no vive, se fue y no se ha ido nunca. Como todos los personajes de ficción, son y no son. Para encontrar a Tagarí es necesario desde su último desvanecimiento (a finales del siglo XX) acudir a Martín Sheego, un ser ficticio más real, más actual, más inmanente, más aquí; casi con corporeidad física. Yo soy Martín Sheego y puedo hablar de mí mismo. Tagarí, tras el viaje de iniciación que emprendió a la búsqueda de la Voz quedó absorbido en mí tal y como dejó en evidencia Daneel Olivaw. La absorción se produjo por efecto de la transferencia psicobiológica de una categoría mental  a otra en el proceso de búsqueda de la fuente de la voz humana. Todo esto quedará perfectamente explicado más adelante; por ahora aceptad esta introducción, necesaria para comprender y argumentar lo que espero que os sea útil, al menos tanto como me ha sido a mí, que no soy más que un ser imaginario, también. Francesc Tagarí escribió mucho sobre diferentes tipos de cosas y poesía. Aunque puede que todo lo que el pretendiera hacer fuese poesía, a veces su energía discursiva, se movía en lo que hoy en día se diría mera prosa de ensayo. Yo no estoy de acuerdo en que lo sea. Como Tagarí, creo que el pensamiento científico es y lo ha sido siempre terreno de la poesía, siempre y cuando se entienda esta como la aventura de la construcción de significados adheridos a la materia del mundo. Es por decirlo en términos más modernos una protofilosofía, un campo que tal vez Sócrates no debió abandonar nunca. Sea como sea la atomización del conocimiento que se produjo con la era aristotélica y postaristotélica y que no ha terminado aún, llevó a término la dificultad inyectada de adquirir una mirada más profunda, básica y compleja que el mundo de los ideales platónicos. La poesía debería ser empírica ante el comportamiento idealistamente abstracto de la filosofía del logos perfecto.