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Después de la Segunda Guerra Mundial (que tampoco fue tan mundial), es decir después del hundimiento más que moral, después que el occidente europeo purgara todas sus estúpidas miserias, unos salvadores llenos de energía y savia nueva se apoderaban del plano de la realidad conquistándola con el ojo del cine. La pintura había perdido todo su potencial descriptivo llevándolo al terreno de la manifestación individual, tan individual que reventó en millones de pedazos, para ganancia de unos cuantos, que bajo el poder de un nuevo mundo y un nuevo superhombre, eligieron a sus héroes y el precio de los mismos. De repente las grandes conquistas de la pintura que nacieron en el renacimiento, que pusieron los cimientos de un lenguaje visual capaz de narrar y describir poesía tal y como lo reclamaron Botticelli, Leonardo, etcétera, fue arrastrado por la cólera de Supermán. En los años 80 en los centros académicos (puedo dar testimonio de eso) se consideraba ridículo hacer pintura narrativa y la descripción era insultada como algo que ya estaba pasado de moda. Sin más comentarios.
La pintura tiene como no puede ser de otra forma todo el potencial para ser un canal de descripción poética. Dibujar es el fundamento de la pintura, y de nada sirve pretender escaquear éste principio básico. ¿Se le negaría a la palabra la escritura y sus reglas?
El problema es que ya hemos perdido la noción de lo que significa dibujar y más allá de su definición etimológica (derivada de diseño) dibujar significa ante todo eliminar lo que sobra para dejar solo lo que es pertinente a la explicación del tema. La temática es la causa por la que el artista sale a buscar, por que el arte tiene el poder de generar un movimiento de búsqueda lo que lo hace el mejor candidato para ser el fundamento de la construcción humana (o por lo menos un pasatiempo de excelentes propiedades regeneradoras) y sustituir a las mezquindades de la religión y sus supersticiones. Aunque no deberíamos olvidar que el arte también las tiene. Ya no cabe una pintura donde el observador tenga que aprenderse cada vez que quiera ver un cuadro un nuevo código, y no sólo aprenderse, sino también (además) adivinar, ya que el artista en si normalmente no sabe ni explicar sus códigos (la mayoría de ellos los desconocen incluso no los consideran necesarios).
La pintura se ha democratizado tanto que  todo el mundo quiere pintar sin aprender ni pretender decir nada y donde no se dice nada, no hay nada. Se ha llegado a decir para justificar la vacuidad de los clásicos profetas del nihilismo materialista americano, que incluso el arte es una cosa exquisita que no sirve para nada. El termino exquisito resuena en el arte de una forma obscena que elimina o nubla su capacidad de instrumento para el conocimiento, al menos cuando el artista lo que hace es salir a buscar y cuando  ve algo que es relevante para el aprendizaje  lo limpia y lo muestra (dibuja y  organiza con un criterio estético), una vez hecho esto la pintura queda como testimonio de realidades que han sido vistas de la misma forma que un matemático puede encontrar una fórmula nueva que lo lleve a resolver enigmas, y como todo ser humano tiene que descubrir su realidad por sí mismo, mal que le pese a algunos, no pasa nada porque se repitan pictóricamente los mismos temas, ¿acaso no cantan los músicos siempre las mismas emociones?

 

Martín Sheego

Enero del 2010.

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