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Crítica de Martín Sheego a Acebuch.

Acerca de los pintores que han reflejado en profundidad las expectativas en la pintura de Acebuch entre otros La Giorgione, Velázquez y Courbet.

La mirada límbica en los grandes maestros de la pintura.

Muchas veces le veo triste, desanimado; o ha pasado una buena temporada donde todo parece que funciona más o menos bien.

En esos momentos cuando se pone a pintar y por más emociones que le dominen, incluida la ira, sus cuadros aparecen siempre con la misma calma. Esta calma no es atribuible a su estado emocional, para nada. Es algo que siempre ha estado allí. Yo lo atribuyo a su laicismo con respecto a la Tragedia. La Tragedia es la verdadera religión pagana heredada de los griegos clásicos, de una cultura recuperada en el Renacimiento Humanista sobre la que hemos proyectado muchas cosas de nosotros mismos. Como religión puede que  nunca haya sido reformada en su esencia y su  pugna con el cristianismo no ha sido más que aparente ya que la Tragedia parece estar muy extendida en la liturgia cristiana, especialmente la católica, con su Virgen María a la cabeza, como si de un sincretismo casi biológico se tratara. Aunque me consta que a Acebuch le gusta muchísimo por ejemplo El Greco, nada en él por el momento comparte su dimensión trágica y por lo tanto jamás podría pintar como él aunque lo haya intentado. Sin embargo él mismo dice que como  La Giorgione, Velázquez, o Courdet, aún mejor dicho, dice que ha visto en ellos algo que conoce bien. “Siempre será mi proyección”, me dice,  “pero no importa, es de donde necesito sacar mis conclusiones y en ellas recolecto esa proyección que me ha indicado algo de lo que formo parte”. Es la ventaja de la poética. Allí las cosas no tienen por qué aparentar lo que no son “

Y sigo citando textualmente a Acebuch ”En los tres pintores anteriores se puede decir que flota en el aire como una suspensión del tiempo, parece como si el tiempo se hubiera detenido en ellos. No hay la representación en ellos de ninguna tragedia, sólo la descripción de un momento suspendido donde el tiempo parece no importar”

Martín Sheego 2015.

 

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